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The Riddle of Distance Education: Promise, Problems and Applications for Development



La idea de que la enseñanza y el aprendizaje puedan llevarse a cabo satisfactoriamente a través de la comunicación electrónica entre profesores y estudiantes separados por el espacio y el tiempo ha inspirado tanto esperanza como desaliento, tanto entusiasmo como temor. En países muy industrializados donde el nivel de alfabetización y asistencia escolar son muy elevados y donde se brindan numerosas oportunidades de educación después de la escuela secundaria, hay una abundante literatura que, en su gran mayoría, promueve las posibilidades “ilimitadas” de esta “revolución” en la enseñanza.

Al mismo tiempo, la educación a distancia tiene vehementes críticos, incluso en sociedades donde el acceso universal a la tecnología informática se considera una meta alcanzable. La amplia utilización de medios electrónicos para hacer llegar el material educativo a los países que carecen de recursos ha sido menos polémica. En efecto, la creencia general de que la educación a distancia constituye indudablemente un paso adelante ha sido el marco de casi todas las discusiones sobre la utilización de esta tecnología en el ámbito de la educación en el mundo en desarrollo.

Sin embargo, en la actualidad hay muy poca literatura crítica centrada en los países en desarrollo que podría equipararse a la amplia crítica de que ha sido objeto recientemente la educación a distancia en América del Norte. No obstante, al estudiar de manera más detenida las perspectivas que ofrece la aplicación de la tecnología electrónica a la educación, pone de manifiesto que muchas desventajas de la educación a distancia ya identificadas con respecto a países muy industrializados también son aplicables o, en efecto, probablemente se manifiesten en formas más drásticas en los países en desarrollo. Además, hay una serie de preocupaciones por las consecuencias y la eficiencia de la educación a distancia en países en desarrollo que no tendrían importancia en países más ricos.

Algunos de los beneficios potenciales de la educación a distancia tanto en los países desarrollados como en desarrollo incluyen el mayor acceso a la educación que ofrece (sobre todo para la categoría de estudiantes que, con más frecuencia, son calificados de “estudiante no tradicional”), la flexibilidad de los programas escolares, la posibilidad de que cada estudiante siga su propio ritmo de aprendizaje, y la oportunidad de estudiar sin necesidad de desplazarse (por cierto, sin salir de casa). Además, para las instituciones que logran convencer u obligan a los instructores a “ofrecer sus cursos en línea”, la oportunidad de impartir formación a distancia supone un ahorro notable en gastos de construcción de aulas, lugares de alojamiento para estudiantes, estacionamientos y otros tipos de infraestructura, así como un considerable ahorro potencial en los salarios de los profesores.

Las ventajas de la educación a distancia para los países en desarrollo se miden en términos de reducción de gastos en tecnología informática, y de la velocidad y capacidad cada vez mayores de los ordenadores en relación con su costo. Ante la presión que estos países resienten para que se integren en la economía de la información mundial, la educación a distancia parece brindarles la oportunidad de ofrecer una mejor educación a más personas y a un costo menor.

Al mismo tiempo, la educación a distancia trae consigo grandes desventajas, incluso al aplicarse en países muy industrializados. Las desventajas incluyen su elevado costo y el gran capital que requiere, las restricciones de tiempo y otras presiones ejercidas sobre los instructores, el aislamiento de los estudiantes de sus instructores y compañeros, las enormes dificultades que tienen los instructores al evaluar adecuadamente a los estudiantes que nunca llegan a conocer personalmente, y un número de estudiantes que abandonan sus estudios mucho más elevado que en el sistema educativo “presencial”, o sea el sistema en el que los estudiantes siguen sus enseñantes en el aula.

Muchos de estos problemas fundamentales se multiplican con la exportación de los programas de educación a distancia a países en desarrollo. Las consecuencias sociales del cambio tecnológico son difíciles de predecir o prever. Con frecuencia, lejos de mejorar la calidad de vida o las expectativas de las personas pobres o desvalidas, la aplicación de la tecnología funciona de extrañas e inesperadas maneras que agravan los peores problemas de la desigualdad. La brecha digital polariza a los que tienen acceso a la tecnología de los que no lo tienen y, en los países en desarrollo, a las personas con conocimientos informáticos necesarios para utilizar Internet y otras tecnologías de las comunicaciones de aquellas que carecen de los mismos. Los ingresos, la educación, la edad, la etnia, el idioma y el género separan a las personas que tienen cierta esperanza de utilizar las comunicaciones electrónicas de las que tienen poca o ninguna esperanza.

Existen varias formas de calcular el costo que representa impartir educación a distancia a estudiantes de los países en desarrollo. Uno de los problemas es que la mayoría de los cálculos basados en costo “por estudiante” no toman en cuenta el número de estudiantes que no terminan el curso. En vista de los considerables fondos invertidos en la preparación de nuevos cursos, algunos planificadores proponen que la elaboración de los materiales destinados a la educación a distancia podría delegarse a una institución más acaudalada (con sede en un país industrializado). Pero hacer “paquetes didácticos” plantea graves problemas con respecto al diseño de materiales y métodos culturalmente apropiados, y puede empeorar los problemas actuales que plantea la percepción del dominio cultural de Europa y América del Norte. Además, dado que el financiamiento de la educación en los países en desarrollo es limitado, canalizar los escasos recursos disponibles para la compra de ordenadores, en lugar de invertir en, digamos, la formación de profesores y maestros locales representa una decisión hecha y una oportunidad perdida.

Si la enseñanza basada en una relación personal entre el profesor y el alumno es un método mas eficaz para motivar y retener a los estudiantes, particularmente los más marginados; entonces llegará un momento en que los planificadores deberán descartar su utopía de soluciones tecnológicas y acometer nuevamente la tarea de establecer un personal docente calificado y dedicado que motive a aquellos estudiantes que inevitablemente—por lo que ya hemos observado—se quedarán retrasados en la revolución informática. Tal como se concibe actualmente, el descenso del profesor “presencial” a la categoría de “monitor de equipo informático” que cede el control de la clase a alguien “mejor informado”, “más experto” o “más entretenido” supone una descalificación del docente en una época en que los profesores de todo el mundo—particularmente en los países en desarrollo—están perdiendo a pasos agigantados el prestigio y el respeto de sus comunidades; por no mencionar la disminución de sus ingresos reales. El uso de material producido en países industrializados sólo conseguirá empeorar la situación. Por consiguiente, la descalificación del profesor supone un costo social que debe tomarse en cuenta al determinar el desembolso apropiado de los fondos en la educación en los países en desarrollo.

Judith Adler Hellman es Profesora de Ciencias Políticas y Sociales en York University en Toronto (Canadá).

  • Publication and ordering details
  • Pub. Date: 1 Jun 2003
    Pub. Place: Geneva
    ISSN: 1020-8216
    From: UNRISD