1963-2013 - 50 years of Research for Social Change

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Gendered Poverty and Social Change: An Issues Paper



De acuerdo a este documento, los enlaces entre la distinción por género y la pobreza han escapado, hasta hace poco, a un cuidadoso análisis. En un nivel, la relación entre la desigualdad por razón de sexo y la pobreza parece algo muy claro: se afirma con frecuencia que las mujeres (o los hogares donde la mujer es la jefa de familia) sufren más la pobreza que los hombres (o los hogares encabezados por los hombres), ya sea en número, en intensidad o en ambos. Tal enfoque ha tenido prominencia en los escritos sobre “distinción por género y pobreza” publicados por los organismos de ayuda, los que han utilizado indicadores sociales y/o económicos para captar las consecuencias de la pobreza. Pero, centrar la atención exclusivamente sobre las consecuencias de la pobreza, significa a menudo que se han ignorado los procesos que conducen a tal, o se han analizado con la ayuda de regresiones o correlaciones de algunas variables extraídas de un escenario mucho más complejo, dentro del cual toda una gama de instituciones actúa recíprocamente. Esto significa inevitablemente también, que la distinción por género se tratará mediante un proceso de disagregación — las unidades familiares que utilizan el papel asignado por razón de sexo al “jefe del hogar” como parámetro de estratificación, o los individuos que diferencian entre el hombre y la mujer — lo que constituye un planteamiento analítico limitado. Además, habrá que examinar las generalizaciones relativas a que las mujeres son desfavorecidas (en términos de mortalidad, nutrición y educación), a la luz de las conclusiones contradictorias que han aportado estudios detenidos sobre los prejuicios sexistas encontrados en las estadísticas del bienestar, que muestran una diversidad increíble no solamente de un país a otro, o de una región, o de una localidad a otra, sino que también de una clase social a otra, y a lo largo de los ciclos de vida de hombres y mujeres.

En este documento se adopta un pensamiento un tanto diferente sobre la interconexión sexo/pobreza, y se aprovechan algunos de los escritos sobre el tema que han realizado aquellos que se interesan en la mujer y el desarrollo, así como también varios estudios encargados por UNRISD. Este pensamiento parte de la base de que en el análisis de la pobreza por razón de género, no se trata tanto de averiguar si la mujer sufre más pobreza que el hombre, sino que más bien, cómo se diferencian, según la distinción por género, las prácticas sociales que llevan a la pobreza, y las vías que permiten escaparse de tal. Es importante que se comprendan los procesos que originan la pobreza ya que éstos repercuten en la determinación de las políticas: suscita preguntas importantes sobre si se puede presumir, como a menudo se hace, que los tipos de políticas e intervenciones financieras que pueden fortalecer la posición de los hombres pobres, pueden tener un efecto semejante sobre las mujeres pobres.

En cuanto a la metodología, el documento pone de relieve algunas de las fuerzas potenciales que presentan al unísono: a) el enfoque de ‘capacidad’, y b) los métodos ‘participativos’ para captar los prejuicios basados en el género. Pero también comprueba: a) los problemas insolubles de los datos en el terreno de los indicadores sociales (en el que se apoyan los enfoques de capacidad), así como también las dificultades que se presentan al hacer comparaciones significativas entre el bienestar masculino y el bienestar femenino, siendo el cuerpo de la mujer y del hombre tan diferente en forma y funciones; b) que, si bien el potencial es evidente para que las técnicas participativas que no llevan a cabo encuestas produzcan una imagen dinámica de la pobreza generada, para que este potencial se concrete en la práctica, dependerá en gran parte de cómo se explote. Asimismo invita a pensar que, pese a la seria deficiencia de datos y dificultades en la metodología que se emplea para medir los ingresos y el consumo por hogar, para alcanzar el bienestar individual, podría ser de gran utilidad entender en alguna medida la opulencia de la unidad familiar (y de preferencia la opulencia individual); especialmente cuando se analizan las dimensiones de la pobreza por razón de sexo, dado las formas complejas (y diversidad contextual) en que la opulencia o la pobreza (junto con muchos otros factores) repercuten sobre las estrategias de supervivencia de la mujer y el grado de autonomía de que disfrutan al abrigo de sus familias y cónyuges. El estudio explica también que los derechos de que disfrutan los individuos pueden probar útiles para orientar la atención de los análisis de pobreza hacia las fuerzas sociales y las instituciones implicadas en la creación y la perpetuación de la pobreza – tras distender su mira excesivamente legalista de la normativa sobre los derechos. Esta revisión ofrecerá algún espacio analítico para considerar intentos individuales y colectivos para derribar, desviar o ignorar las reglas y normas que rigen las diferencias y las desigualdades de las facultades humanas. Una orientación protagonista muchas veces ausente en los estudios estructuralistas de la pobreza.

Los derechos agrarios o la seguridad de tenencia y el ‘crecimiento sustentado en el uso intensivo de la mano de obra’, que constituyen dos componentes críticos de las agendas actuales en su lucha por mitigar la pobreza, se examinan desde el punto de vista de las trayectorias que conducen a hombres y mujeres a la pobreza. La cuestión de los derechos agrarios de las mujeres ha figurado con prominencia en las agendas de los donantes y de los grupos feministas. Pero las políticas pertinentes necesitan tener en cuenta varias cosas: a) no solamente existen severas diferencias en la relación que tienen las mujeres con la tierra en diferentes regiones, sino que también hay diferencias criticas por distinción de género en la relación que hombres y mujeres tienen con la tierra en la misma localidad, dentro de lo cual las mujeres están menos facultadas que los hombres para dirigir sus bienes, y deben actuar por intermedio de ellos; b) dadas las estructuras de poder locales, la búsqueda de seguridad de tenencia puede en la práctica reforzar las desigualdades presentes en el acceso a la tierra, con la conversión de los derechos oficiales en inoficiosos y registrándolos bajo los nombres de los jefes de familia (con prioridad para los más ricos y con mejores contactos), a menos que las mujeres pobres se organicen eficientemente para tomar parte en las estructuras oficiales y aprovecharlas, así como las oportunidades que la ley ofrece: c) incluso cuando el papel de proveedoras que desempeñan las mujeres, así como su participación en la producción comercial, se reconocen socialmente, como es el caso en el África subsahariana, la tierra tiende a valorarse como un recurso con relación a la distinción por género, y en términos agrícolas, éstos no definen los intereses de las mujeres en la tierra; y d) si bien para algunas mujeres en el África subsahariana, las leyes de sucesión discriminatorias y el escaso acceso a la tierra constituyen restricciones importantes, solamente en una minoría de los casos, el acceso inadecuado a la tierra por no poder asegurar los derechos de usufructo, constituye una causa de pobreza.

El consenso político actual que sostiene con vehemencia que el crecimiento sustentado en el uso intensivo de mano de obra favorece a los pobres, presenta varios problemas graves, desde la perspectiva de la pobreza, pero especialmente desde el punto de vista de las mujeres pobres. Primero, las tecnologías desarrolladas para ahorrar mano de obra que reduce el trabajo fatigoso, pueden ser de valor para los hombres, pero en especial para las mujeres con hogares en pequeñas explotaciones, quienes batallan para reducir la intensidad del esfuerzo en su trabajo, también dada la importancia de la relación entre la carga física del trabajo y el bienestar. La obsesión política de hacer trabajar a los pobres, validada por la Nueva Agenda sobre Pobreza, necesita por ende examinarse con esmero, puesto que es probable que no ofrezca un escape a la pobreza. El énfasis en la agricultura como el sector que puede producir la intensidad de mano de obra en el África subsahariana, también se cuestiona, dada la crucial importancia para la posición ambigua en que se encuentran los campesinos pobres ante la diversidad de opciones económicas, cuando los ingresos derivados de la agricultura son tan lamentables. De hecho, las consideraciones de la seguridad alimentaria a menudo empujan a los cultivadores a desempeñar a diario trabajos de carácter temporal, que tienen el efecto de privar su producción de su propia mano de obra y a la vez se torna en una parte importante de la dinámica del empobrecimiento. Esto no significa que hay que adoptar en su conjunto las recomendaciones globales para el sector agrícola, que condena de antemano cualquier intento del sector público de intervenir en los mercados agrícolas mediante aranceles proteccionistas, cuotas o subvenciones. Como tampoco quiere decir que la panacea para las mujeres pobres se encuentra fuera de la explotación agrícola o en el mercado laboral urbano. Las implicaciones sociales de las mujeres en la industria manufacturera y su incidencia en la pobreza han estado estrechamente vinculadas al contexto, y esta entrada a suscitado modos de dominación y resistencia, tan diversos como los males que salieron de la caja de Pandora y se repartieron por el mundo.
  • Publication and ordering details
  • Pub. Date: 1 Sep 1998
    Pub. Place: Geneva
    ISSN: 1012-6511
    From: UNRISD