1963-2013 - 50 years of Research for Social Change

  • 0
  • 0

Back | Programa: Identidades, conflictos y cohesión social

Inmigración, multiculturalismo y el estado-nación en Europa occidental (Documento provisional)


Durante la segunda mitad del siglo XX, todos los Estados de Europa occidental se convirtieron en países de inmigración y de asentamiento permanente. Debido a varias circunstancias—los efectos cada vez más pronunciados de la mundialización sobre los procesos de movilidad y los desequilibrios demográficos entre países anfitriones y de origen—la inmigración seguirá siendo un aspecto importante en estos Estados, y cada vez más en todos los países de Europa. Por lo general, estos países se muestran algo renuentes a permitir a los inmigrantes a establecerse por períodos largos o indefinidos. Sin embargo, esto no cambia el hecho de que por regla general los inmigrantes deberían ser considerados residentes permanentes, porque aun la política de admisión más restrictiva no puede negar la necesidad económica que satisface la inmigración y, además, no puede violar derechos humanos fundamentales establecidos, por ejemplo, en el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales (CEDH). En efecto, el CEDH pone limites considerables a cualquier país que desee seguir una política de impedir la inmigración. Y, por lo general, los convenios internacionales garantizan la acumulación de derechos fundamentales y la protección de los residentes extranjeros de larga duración. En suma, la realidad es que la inmigración se ha convertido en una parte de la vida ‘normal’ de los países europeos.

Los países anfitriones reaccionan de manera distinta a las consecuencias de la inmigración permanente, o se encuentran aún en la etapa inicial del proceso que consiste en reconocer a los recién llegados. Estas diferencias pueden, por lo general, entenderse desde la perspectiva de cómo cada país ha definido tradicionalmente la pertenencia a la nación, que habitualmente se ve reflejada en sus constituciones y/o leyes de inmigración y nacionalidad. Una distinción clásica y útil se puede hacer a este respecto basada en el ideal al que se adscriben los distintos países: el multicultural, el republicano o el de homogeneidad étnica.

En el primero se insiste en la importancia de la igualdad ante la ley de todos los residentes legales de larga duración, y a dichos residentes legales se les concede acceso fácil a la nacionalidad; en él se reconocen también las diferencias ya sean de origen étnico, religioso o cultural y, si no entran en conflicto con el principio de igualdad, se permite que muestren públicamente las diferencias. Es incluso posible que el Estado dé apoyo económico a su manifestación pública.

El segundo tipo es el del ideal republicano, en el cual también se insiste en el principio de igualdad de todos los residentes legítimos, pero no se permite la manifestación pública de las diferencias étnicas, religiosas o culturales y mucho menos se las apoya con fondos públicos. Implícitamente, se espera que esas diferencias desaparezcan con el paso del tiempo y mientras existen quedan estrictamente relegadas al ámbito privado.

El tercer ideal, que combina las nociones de Estado y nación (concebida en términos étnicos), es el más excluyente. Según este principio, la igualdad y la pertenencia a la sociedad se reservan principalmente para los miembros de la etnia dominante. Así, los recién llegados que no pertenecen a este grupo representan, por definición, un desafío para la integridad de la nación. Esto se ve reflejado en una acumulación gradual de los derechos de residencia y grandes obstáculos a la hora de adquirir la ciudadanía.

Sería de esperar que estas diferencias entre países anfitriones tuvieran un efecto pronunciado sobre el proceso de integración de los inmigrantes. En este estudio se sostiene que ha habido dos resultados importantes.

Cuando se habla de integración estructural—empleo, educación, vivienda—los Estados de Europa occidental, tienen políticas sorprendentemente parecidas a pesar de sus distintos ideales y sus resultados no difieren tanto. Sin embargo, existen razones para pensar que la opinión que tienen los inmigrantes de su país de acogida y el grado de aceptación que sienten, por un lado, y la opinión que los nativos tienen de la inmigración, de los inmigrantes y de sus hijos, por otro, varía según los países. El estudio usa los ejemplos de Alemania (que hasta hace poco estaba profundamente arraigada en el ideal de homogeneidad étnica), Francia (que se basa en el ideal republicano) y los Países Bajos (que sigue el modelo multicultural) para mostrar que la retórica del Estado puede tener una influencia considerable sobre la cohesión social—no sólo cuando va de la mano de las políticas formales sino también por sí sola. En su forma más extrema, estas diferencias se hacen evidentes si se observa la frecuencia con la ocurren actos de violencia racial en los tres países estudiados.

El estudio concluye con un resumen general de las consecuencias políticas, y sostiene principalmente que los gobiernos y los políticos deberían darse más cuenta de los peligros que existen cuando se definen equivocadamente (sea por descuido o aposta) las cuestiones planteadas —por ejemplo, cuando se abordan las realidades de la inmigración permanente y los problemas y retos que vienen con el proceso de integración subsiguiente. Puede que no sea un prerrequisito absoluto el aceptar que, para las sociedades de Europa occidental, tanto el ideal de la homogeneidad étnica como el ideal ‘neutro’ republicano ya no están en consonancia con la realidad, pero sería una gran ayuda para mantener la cohesión social.