1963-2013 - 50 years of Research for Social Change

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Reworking Apartheid Legacies: Global Competition, Gender and Social Wages in South Africa, 1980-2000



En este documento, Gillian Hart analiza las relaciones cambiantes entre la producción industrial intensiva que exige mucha mano de obra y las condiciones que favorecen la proliferación de la última, en Sudáfrica, entre 1980 y 2000.

A principios del decenio de 1980, el Estado del apartheid ofreció generosos incentivos a las industrias que requerían numerosa mano de obra para que se establecieran en “zonas de descentralización industrial” en antiguos territorios bantúes o en zonas adyacentes a los mismos. Las industrias ligeras—muchas de ellas procedentes de China (provincia de Taiwán) y empleadoras principalmente de mujeres—se multiplicaron en estas zonas, mientras que el número de industrias pesadas que exigían un gran volumen de capital, situadas en los principales núcleos urbanos, disminuyó drásticamente. En 1991, el gobierno de de Klerk, en respuesta a las feroces críticas de las empresas poderosas de Sudáfrica al ver menoscabados sus intereses, recortó drásticamente los subsidios. Desde mediados del decenio de 1990, el Estado posterior al apartheid ha adoptado la inversión extranjera directa (IED) y la exportación de productos como estrategia principal de su política neoliberal. No obstante, según Hart, hasta ahora no se han cumplido estas promesas. Bajo la presión de los productos importados baratos, el empleo en la industria que necesita mucha mano de obra ha disminuido drásticamente, la IED ha sido mínima y los imperativos neoliberales han limitado las políticas sociales redistributivas.

Para presentar los siguientes argumentos relacionados con el tema, la autora se ha basado tanto en pruebas secundarias como en la investigación que ella llevó a cabo en las dos antiguas zonas de descentralización industrial en el noroeste de KwaZulu-Natal, donde se han establecido fuertes vínculos con lugares en Asia Oriental.
  • En primer lugar, las condiciones que propician el incremento de la fuerza de trabajo son fundamentales para comprender la peculiar participación de Sudáfrica en la economía mundial. Estas condiciones no sólo son resultado de las políticas sociales, sino también de una historia mucho más larga y complicada de expropiación y despojo por motivos raciales.
  • En segundo lugar, una perspectiva basada en la distinción por género es decisiva para comprender las relaciones entre la producción industrial, la política social y las condiciones que propician la proliferación de la fuerza de trabajo. Sin embargo, un enfoque centrado en el “impacto de la mundialización” en las mujeres es muy limitado. En cambio, es importante ver cómo las relaciones e identidades que tienen presente la distinción por género se asocian con la raza, la etnia y otras diferencias; y como éstas, a su vez, determinan las formas y la dinámica de la producción industrial. La forma en que las industrias de Taiwán se han establecido en Sudáfrica revela claramente las conexiones inextricables entre la clase, el género y la raza; de la misma manera ilustra las complejas historias que contribuyen a la creación del salario social.
  • En tercer lugar, se pone de relieve la importancia del sistema político establecido y se muestra el modo en que el despojo y la producción industrial se interpretaron de forma muy diferente en dos ciudades de Sudáfrica aparentemente similares en la época del apartheid; el modo en que las políticas sociales establecidas con posterioridad al apartheid se han filtrado a través de formas del poder local sorprendentemente diferentes; y el modo en que las estrategias emprendidas para atraer la inversión extranjera están provocando luchas intensas pero localmente diferenciadas.

Estas divergencias locales ilustran las interconexiones entre lugar de trabajo y políticas comunitarias, y el modo en que éstas coinciden con luchas en otras esferas sociales con el objeto de determinar el salario social. La autora afirma que estos tres argumentos destacan las contradicciones y la insostenibilidad del proyecto neoliberal en condiciones de grandes privaciones y desigualdad.

El argumento se divide en tres partes. En primer lugar, se subraya la aparición de una producción industrial intensiva que requiere considerable mano de obra, basada fundamentalmente en el trabajo de las mujeres en regiones descentralizadas de Sudáfrica en el decenio de 1980, y el modo en que la inversión de Taiwán tuvo éxito en estas zonas. En la segunda sección se analiza por qué la inversión de Asia Oriental en regiones descentralizadas de Sudáfrica ha sido tan explosiva desde el punto de vista social. Estas percepciones comparativas ponen de manifiesto el modo en que la distinción por género, raza u otro motivo, determina la dinámica de la acumulación industrial. También explican las conexiones entre la producción y las condiciones que favorecen el incremento de la mano de obra—en particular, cómo las historias agrarias han contribuido a la formación del salario social y han determinado las condiciones de la competencia mundial. En la tercera sección se discute la adopción del neoliberalismo por el gobierno del CNA a mediados de los años 90, y se muestra cómo los imperativos contradictorios de la redistribución y la acumulación han llegado a reflejarse fundamentalmente en el Estado local.

El propósito de este documento es tanto político como analítico, puesto que amplía la definición de salario social más allá de los derechos laborales y de la política social convencional, con el fin de abarcar las cuestiones agrarias. Esta concepción más amplia permite comprender mejor el modo en que las relaciones históricamente específicas entre producción y proliferación de mano de obra han determinado trayectorias diferentes de una industrialización llevada a cabo a expensas de salarios bajos. Además, en el contexto de la Sudáfrica posterior al apartheid, esta definición extendida ayuda a señalar la atención sobre historias de despojo por motivos raciales. En el proceso, se mantiene abierta la posibilidad de reclamos para una justicia redistributiva basada en los derechos ciudadanos, y para vincular los esfuerzos realizados en múltiples escenarios, así como a través de la brecha rural-urbana.

Al centrarse en la relación entre producción y condiciones que propician el incremento de la fuerza de trabajo, Hart señala los procesos y prácticas históricamente específicos—firmemente basados en la distinción de género y raza- que han determinado las trayectorias claramente divergentes de las formas de industrialización donde se exige cuantiosa mano de obra.

En la era posterior al apartheid, el legado social y espacial de despojo se hace evidente en las grandes tensiones entre la producción y las condiciones que favorecen el incremento de la mano de obra. A su vez, estas tensiones se han condensado en el llamado “estado local del desarrollo”. Este documento enfatiza igualmente el modo en que las limitaciones estructurales, como legado del pasado, están reconsiderándose de maneras muy diferentes en lugares aparentemente similares.

A través de un enfoque comparativo de las conexiones entre la producción y las condiciones que favorecen el incremento de la mano de obra, Gillian Hart cambia la perspectiva de las cuestiones agrarias. La autora señala que, al recurrir a los vínculos con Asia Oriental para dramatizar la historia del despojo, no se propone ofrecer una “solución” redistributiva tecnocrática a los límites evidentes de la producción basada en salarios bajos en la Sudáfrica posterior al apartheid. Por el contrario, estas conexiones facilitan un medio para desvincular la cuestión agraria, de su sentido estricto, para enlazarla nuevamente en términos de salario social y de imperativos más amplios de subsistencia.

Al menos en principio, una redefinición del salario social de carácter general y respaldada por la historia mantiene abierta la posibilidad de que la fuerza de trabajo organizada, en lugar de defender en la retaguardia trabajos cada vez menos numerosos, concebidos para hombres y relativamente bien remunerados, pueda establecer alianzas y coaliciones más amplias con otras fuerzas sociales—incluidas aquellas que presionan para la introducción de reformas agrarias, al igual que otros movimientos como los creados en torno al VIH/SIDA—para participar tanto en la política macroeconómica como en las condiciones específicas locales y regionales. Una estrategia consistente en enlazar luchas en múltiples ámbitos no se trata simplemente de oponer “la sociedad civil” al “Estado”, sino de reconocer cómo se definen mutualmente a través de compromisos en continua evolución. En cuanto a la factibilidad y al modo de llevar a la práctica una estrategia que englobe bajo la misma rúbrica de salario social, las luchas rurales y urbanas normalmente consideradas por separado, es probable que dependa fundamentalmente de no considerar a las mujeres “simplemente como mujeres”, sino como elementos definidos en el ejercicio del poder, profundamente entrelazados con la raza, la etnia y otras dimensiones diferenciales, así como con las condiciones materiales en que se hallan las personas propiamente dichas.

Gillian Hart es Profesora del Departamento de Geografía en la Universidad de California, Berkeley. También es Presidenta del Centro de Estudios Africanos de la Universidad.
  • Publication and ordering details
  • Pub. Date: 1 Dec 2002
    Pub. Place: Geneva
    ISSN: 1020-8208
    From: UNRISD