1963-2013 - 50 years of Research for Social Change

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Empirical Inquiries and the Assessment of Social Progress in Western Europe: A Historical Perspective



Es un gran placer presentar esta obra de Jean-Michel Collette. En menos de cien páginas, este autor ha logrado proporcionarnos un panorama claro, completo, riguroso y sumamente ameno sobre una faceta importante de la historia intelectual de Europa Occidental. Es el relato de aquellos que entendieron desde fecha tan temprana, como es el siglo XVII, que observar y cuantificar las condiciones de vida de la población podría ser intelectualmente satisfactorio a la vez que políticamente útil.
    Hay que escuchar a William Petty, quien no sólo fue el primero que publicó una estimación del ingreso nacional de Inglaterra sino que también fundó la nueva ciencia de la “aritmética política”, denominación que fue ampliamente utilizada hasta que a finales del siglo XVIII fue reemplazada por el término “estadística”. Para justificar el uso de “números, pesas y medidas” al tratar sobre aspectos sociales, este autor dijo que: “Así como ni la miel ni el brandy pueden remediar los vinos atroces, ninguna admonición puede rectificar lo que es falso, ni lo que está desproporcionado ni lo que es inconsistente, aunque se recurra a cifras y mediciones [si no son confiables]”. Escúchese también a Rowntree quien, además de otros logros, afinó la “línea de pobreza” (inventada por Booth), y trazó la distinción entre pobreza “primaria” y pobreza “secundaria”:

    Puede resultar difícil elevar los niveles materiales de aquellos que viven en la pobreza, pero mucho más difícil aún será la tarea de elevar la vida mental y espiritual a un nivel marcadamente más alto. Sin embargo, la grandeza perdurable del estado depende de que esto se logre.... Un estado totalitario no requiere que su pueblo tenga elevados niveles intelectuales o espirituales.… Un estado democrático sólo puede florecer si el nivel de inteligencia de la comunidad es alto y su vida espiritual, dinámica.

    Lo anterior fue escrito en 1941. Un siglo antes, Le Play sostenía que la prosperidad no sólo se definía por el “consumo material” sino también por la “estabilidad” de las costumbres sociales y los valores morales. Más antes todavía, (aún antes de que Villermé hubiera fundado la sociología empírica con sus famosas encuestas) Quételet desarrolló nuevas técnicas estadísticas, y Ducpétiaux clasificó, en 1853, el gasto de los hogares en tres categorías: gastos de índole “física y material”; gastos de tipo “religioso, moral e intelectual”; y los de tipo “lujoso y no previsible”. ¿Quién pudo pensar alguna vez que trabajar con estadísticas e indicadores fuera árido y relativamente tedioso?

    Obviamente, los grandes seres humanos evocados por Jean-Michel Collette se caracterizaban por su curiosidad intelectual, su afán de saber y por su ardiente deseo de entender a su sociedad y al mundo en general. (Le Play cuantificó los presupuestos de gastos de las familias de la clase obrera, no solamente en Europa Occidental, ¡sino también en Escandinavia y en los imperios ruso y otomano!). Tenían asimismo una sincera simpatía por los temas objeto de sus pesquisas, y un interés constante en las reformas que pudieran ser promovidas y encauzadas como resultado de esas investigaciones. Aquellos eclesiásticos, médicos, científicos sociales autodidactas, comerciantes prósperos y académicos eminentes trabajaban muy duro, con paciencia, perseverancia, y entusiasmo. Parecería incluso que gozaban de su trabajo. La razón de ello era que estaban convencidos de que era necesario y posible mejorar la condición humana. Ni indiferentes ni cínicos, estudiaron y aprendieron, cuantificaron los datos y publicaron sus obras para lograr que sus sociedades fueran mejores. Sin duda, aquellos investigadores tenían sus pequeñeces, sus ambiciones y conflictos personales, pero su labor y sus vidas respiraban dignidad, nobleza y fe. Creían en la posibilidad del progreso humano.

    Esos mismos pioneros, obviamente, tenían ideas y supuestos acerca del significado de las condiciones sociales que ellos estaban analizando y cuantificando. Sus descripciones minuciosas tenían un propósito, y sus interpretaciones tenían un marco de referencia teórico. Por ejemplo, algunos años antes de la Revolución Francesa, Lavoisier reunió datos para ayudar a reformar el sistema fiscal y la política económica de su país. A finales del siglo XIX, Booth emprendió la tarea monumental que culminó con su obra Vida y trabajo del pueblo de Londres, a fin de descubrir “el peso relativo de la pobreza, la miseria y el vicio al compararlos con el ingreso regular y la comodidad”. Pero su respeto por los hechos era mucho más fuerte que su deseo de probar su punto de vista. Por lo menos entre aquellos a los que se hace referencia en este excelente ensayo, tal parece que su honestidad intelectual y su integridad estaban fuera de toda duda. ¿Se debe a que Jean-Michel Collette ha seleccionado solamente a los autores con los que se siente a gusto? ¿O se debe a que esa línea de trabajo sencillamente no es posible sin una preocupación constante por la verdad? De cualquier manera, ninguno de esos pensadores estaba abrumado con una teoría completa del cambio social o con una visión que abarque todo lo que constituye una buena sociedad. Tenían principios morales y herramientas intelectuales precisas en vez de convicciones ideológicas.

    Si se tuviera que obtener alguna lección de aquellas experiencias, las virtudes evocadas en los párrafos anteriores ofrecen inspiración suficiente. Pero es necesario tal vez agregar algunos comentarios en forma de sugerencias para la reflexión y la investigación. La más obvia es que este tipo de panorámica sintética y sin embargo sumamente bien investigada e informada, trazada por Jean-Michel Collette para Europa Occidental con una incursión en América del Norte, también debería llevarse a cabo en otras regiones y culturas. Manteniendo como punto de partida las supuestas relaciones entre “buenas estadísticas” y “buen gobierno”, ¿cuáles son las experiencias históricas de China, India, Japón, el Medio Oriente, Europa del Este o América Latina? Sin duda, las técnicas y publicaciones estadísticas nacionales e internacionales provienen del trabajo que se ha sintetizado en este ensayo. Pero esta es precisamente una de las razones para buscar en otros lugares tradiciones e ideas que hayan sido ignoradas por las formas predominantes de la modernidad.

    La curiosidad intelectual y el espíritu innovador que en el siglo XVII se requería para medir los niveles de vida de los “señores temporales y espirituales”, así como de los “acasillados”, los “indigentes”, los “soldados rasos” y los “vagabundos”, es lo que se requiere ahora para entender y medir fenómenos tales como el proceso de mundialización económica y financiera, la aparente concentración del poder en manos de una nueva clase social internacional, y las condiciones de vida de los desempleados y los marginales en diversas ciudades del mundo. Se necesitan nuevas tipologías de grupos sociales con las que se puedan captar las diferencias no sólo en el ingreso, sino también en la seguridad, así como en la esperanza de un futuro mejor. Hay ciertamente mucho qué hacer en ésos y en muchos otros aspectos. Pero, ¿se han sometido suficientemente a juicio los conceptos y la información básicos? Por ejemplo, ¿cómo se interrelacionan los trabajos de filósofos y sociólogos con los de estadígrafos y otros funcionarios civiles nacionales e internacionales en torno a la noción y cuantificación de la pobreza? ¿Podrían realizarse más trabajos conceptuales y estadísticos sobre la distinción que hizo Roundtree entre pobreza “material” y pobreza “espiritual”, que fuera reafirmada en términos de “necesidades” por la Cumbre Mundial para el Desarrollo Social que se efectuó en Copenhague en 1995?.

    Los “investigadores sociales” y los “reformadores sociales” aquí comentados se consternaron, y a menudo se escandalizaron, ante la miseria que advertían en los hogares por ellos encuestados. Además, proporcionaron datos confiables y análisis ponderados al informar a la élite gobernante y al público benévolo y educado sobre este estado de cosas. Aunque Jean-Michel Collette no tuvo espacio para tratar esta cuestión, probablemente estaría de acuerdo en que aquellos escritos tuvieron una función importante en las políticas que se elaboraron y en el avance que se logró a lo largo de esos tres siglos. Ya que se alcanzó un progreso enorme por lo menos en lo que se refiere a la comodidad material. La comunidad mundial como un todo, y notablemente las organizaciones internacionales del sistema de las Naciones Unidas, necesitan ser objeto del mismo tipo de atención y el mismo tipo de presión por parte de intelectuales y científicos interesados en el bien común. De nueva cuenta, se podrían mencionar muchos ejemplos sobre dichos esfuerzos; pero siguen siendo dramáticamente insuficientes.

    Originalmente, Jean-Michel Collette preparó su ensayo en el contexto del Seminario de Copenhague para el Progreso Social, en 1999, organizado por el Ministerio Danés de Asuntos Extranjeros. El tema de este seminario fue “definir, medir y vigilar el progreso y el retroceso social”. Su informe aparecerá en unos meses más. UNRISD ha hecho también una labor significativa sobre estadísticas e indicadores, incluidos los índices agregados, especialmente durante los decenios de 1970 y 1980. Para un Instituto como éste, que ha demostrado su capacidad de rigor intelectual e imaginación política, tendría sentido que retomara esa labor con un enfoque renovado. Los lectores de las páginas siguientes seguramente estarán de acuerdo en que dicho esfuerzo vale la pena.
    • Publication and ordering details
    • Pub. Date: 12 Jun 2000
      Pub. Place: Geneva
      ISSN: 1020-8208
      From: UNRISD