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Democracia y las políticas de reducción de la pobreza

3 Feb 2012



Pueden escuchar el podcast completo utilizando el link Media Files a la derecha

El podcast que están escuchando pertenece a una serie centrada en el informe Combatir la pobreza y la desigualdad elaborado por el Instituto de Investigación de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social. Un minucioso análisis de las razones y las dinámicas de la persistencia de la pobreza en el mundo que presenta, a su vez, una variedad de políticas y medidas institucionales para aliviarla.


En Bolivia el partido gobernante emana de los movimientos campesinos, especialmente del cocalero; en Perú el activismo, a veces violento, ha llevado a negociar una mayor protección de las poblaciones locales frente a las industrias mineras. Costa Rica, Mauricio y los estados indios de Kerala y Bengala Occidental ejemplifican cómo grupos subalternos suficientemente organizados pueden influir en la orientación política, mientras en la República de Corea y la Provincia China de Taiwán la competencia electoral ha obligado a ejecutar medidas redistributivas que en democracias de elevados ingresos habían sido impulsadas por los sindicatos, a través de partidos socialdemócratas, clericales o de pactos entre clases medias urbanas y agrícolas.

Lo que demuestran estas realidades es que la organización de grupos vinculados a la población más necesitada es básica para canalizar sus demandas. La democracia ofrece el espacio para participar e impugnar las decisiones de los gobernantes, pero no todos los actores tienen la misma capacidad. De modo que, hablar de régimen democrático no significa automáticamente hablar de redistribución.

En los 80 y los 90 una ola democratizadora afectó a la mayor parte de regiones del mundo. Se buscaba aliviar los costes sociales de los planes de ajuste estructural unas veces, la ineficiencia de las planificaciones centrales otras, o mejorar las opciones políticas a medida que las economías maduraban. Aunque no hay acuerdo al respecto, todas las bases de datos señalan un notable aumento de los países democráticos en los últimos 25 años.

Algunas teorías estiman que la democracia lleva a que más personas con ingresos por debajo de la media voten a las opciones que planteen mayores medidas de redistribución. Fue el modelo propio de los siglos XIX y XX. La extensión del voto a grupos desposeídos fue asociada a un aumento de los programas sociales y la tributación y a una disminución de las desigualdades. La expansión del bienestar se basó en la acción de los sindicatos y los partidos de izquierda. Pero creer que siempre sucederá lo mismo es obviar que no en todas las regiones los movimientos de trabajadores tienen la misma fuerza, y que existen otros tipos de intereses que pueden condicionar el voto como los regionales, los étnicos o los religiosos.

Las democracias, además, se ven limitadas por factores externos e internos. Entre los primeros destaca el modelo de globalización que presiona a favor de un menor gasto social, menos impuestos y políticas monetarias más estrictas bajo la amenaza empresarial de reubicar el capital. Para cumplir con estos objetivos los gobiernos a menudo confían en los tecnócratas situados en los bancos centrales y los ministerios de finanzas para formular sus políticas. El estilo tecnocrático distorsiona las estructuras de rendición de cuentas, llegando a hablarse de secuestro político al quedar los parlamentos y los grupos sociales como jugadores ineficientes. Un problema añadido es la falta de conocimientos avanzados sobre economía, que en ocasiones, se da entre los legisladores. Esto impide una oposición crítica reforzando en cambio las estrategias de no cooperación.

Las democracias que dependen de la ayuda externa se enfrentan a otro tipo de limitación: la condicionalidad, en el proceso del diseño político o en los resultados. Siguiendo el llamamiento de los Documentos Estratégicos de Reducción de la Pobreza, su objetivo es dar voz a quienes representan a los pobres, un papel que a menudo han asumido las ONG. En la práctica la influencia de los donantes en las agendas del desarrollo se ha incrementado disminuyendo el espacio de los actores nacionales.

Algunos países también han de lidiar con limitaciones de carácter interno. La falta de un movimiento sindical potente y denso, o de partidos que sigan un programa redistributivo, la polarización étnica y la, a veces, cuestionable calidad de la democracia, merman los esfuerzos por combatir la pobreza. Los pobres se benefician del sistema cuando los grupos que les representan tienen capacidad de organización, movilización e influencia en los decisores políticos.

Las relaciones de poder, por tanto, están en el corazón del desarrollo. Y en función de qué actores puedan participar de manera efectiva en la vida económica, social y política se tomarán unas u otras decisiones. Por este motivo, las estrategias que buscan reducir la pobreza y la desigualdad también deben perseguir unas relaciones de poder adecuadas a su objetivo. La ciudadanía activa o el activismo de grupo es importante para generar esos cambios.

Existen numerosos frentes en los que trabajar: trascender los foros de ONG para involucrar activamente a los movimientos sociales, institucionalizar derechos para asegurar la participación efectiva de los grupos en el diseño de las políticas, apoyar a los representantes de los grupos subalternos y de los trabajadores tanto formales como informales, habilitar en general a la población para influir en los procesos de decisión y abandonar el estilo tecnocrático. De lo contrario, las estrategias de desarrollo estarán en manos en manos de pequeños grupos y alejadas de la transparencia y rendición de cuentas que toda democracia debería llevar asociadas; lo que ha dado en llamarse una democracia sin opciones.

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