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Empresas, poder y reducción de la pobreza

3 Feb 2012



Pueden escuchar el podcast completo utilizando el link Media Files a la derecha.

El podcast que están escuchando pertenece a una serie centrada en el informe Combatir la pobreza y la desigualdad elaborado por el Instituto de Investigación de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social. Un minucioso análisis de las razones y las dinámicas de la persistencia de la pobreza en el mundo que presenta, a su vez, una variedad de políticas y medidas institucionales para aliviarla.


Reducir la pobreza es algo más que elevar los ingresos y el empleo. Pasa, entre otros aspectos, por sistemas de salud, educación, protección social o medio ambiental suficientes para no mermar las capacidades de la población. Con la globalización, el Estado ha visto reducido su papel regulatorio mientras se ha incrementado el de las empresas. El modo en que estas se relacionan con la pobreza es complejo, siendo en ocasiones su causa y su remedio; beneficiándose o perjudicándose con ella.

Los últimos 30 años han supuesto una rápida expansión de las corporaciones transnacionales a los países en desarrollo. En respuesta a los costes sociales de la globalización surgió un movimiento mundial que convocaba a las empresas a ser consecuentes con los perjuicios que su actividad provocase en las personas o el medio ambiente: La Responsabilidad Social Corporativa; una tercera vía entre la regulación gubernamental y el mercado puro basada en estándares y códigos de conducta establecidos por las propias firmas relacionados con el lugar de trabajo, el ambiente, o los derechos humanos.

Aun cuando miles de compañías participan en este tipo de iniciativas, suponen todavía una pequeña fracción del universo empresarial. El nivel de compromiso varía por regiones y sectores pero en general se puede hablar de empresas inactivas, reactivas, activas y proactivas. El comportamiento dependerá en gran medida de la presión social, el ambiente regulador, la historia y la cultura de cada una, que elegirá además qué aspectos potenciar y cuáles marginar. Son, por tanto, conductas voluntarias y no exentas de limitaciones: primacía de los accionistas, marginación de sindicatos, extensión de los estándares a la cadena de suministro, mayores costes y consiguiente merma en la creación de empleo, o deslocalización.

El reconocimiento de estas barreras ha llevado a muchos observadores a centrarse en la rendición corporativa de cuentas; acuerdos que trascienden la auto-regulación para obligar a las empresas a responder, permitiendo penalizar en caso de incumplir los estándares fijados y estableciendo canales de queja y compensación para quienes resulten perjudicados.

La proactividad y la rendición de cuentas requieren un contexto que combine ley, política pública, enfoques voluntarios, presión social y pensamiento crítico. En la práctica, las empresas tienen capacidad para influir en el diseño de las políticas públicas a favor de sus intereses. El poder estructural de las grandes firmas se incrementa allí donde un Estado teme una fuga de capitales y se reduce si es la empresa la que depende de los recursos de una región determinada.

Subcontrataciones, acuerdos internacionales que priman la propiedad, asesoramiento técnico a los decisores políticos e incluso compra de voluntades… la influencia de las corporaciones en la política varía también según la industria, la región y los regímenes políticos, que darán mayor o menor espacio a la regulación, el diálogo social o bien a la corrupción. Un problema global, la corrupción afecta tanto a países avanzados como a economías en desarrollo resultando perversa cuando los sobornos derivan en pérdidas fiscales, generan tensiones y conflictos dentro del Estado y entre el Estado y la sociedad civil.

En este último terreno también ha habido cambios. El activismo vinculado a la justicia global se ha extendido rápidamente; las ONG han multiplicado sus estrategias de denuncia y boicot haciendo blanco de sus campañas a las grandes corporaciones. Los movimientos laboralistas están resurgiendo y han extendido sus preocupaciones más allá de lo laboral. El activismo, a menudo fragmentado y disperso, se está cohesionando y ganando capacidad de respuesta en redes transnacionales. Aun así se ve limitado por sus diferencias ideológicas, jerarquías, falta de recursos o de capacidad para evitar, por ejemplo, las deslocalizaciones. Reubicaciones del capital promovidas por la necesidad de beneficios a corto plazo. Es una de las novedades que la globalización ha introducido en el comportamiento empresarial. Los beneficios dejan de reinvertirse en la compañía, se margina el bienestar del trabajador a favor del valor de las acciones y se aparca la gestión productiva y de crecimiento del empleo. Al mismo tiempo se asiste a un nivel sin precedentes de concentración industrial ramificado en complejas cadenas de valor, lo que genera el llamado efecto cascada, grandes fabricantes con capacidad de controlar los precios trasladando los costes a los pequeños productores.

¿Qué lleva entonces a las empresas hacia la Responsabilidad Social Corporativa? En ocasiones, alejarse de amenazas a su reputación o la necesidad de empleados altamente cualificados. A veces la atención a ciertas regulaciones laborales o ambientales simplemente forma parte de los acuerdos comerciales en que participan. Que las empresas contribuyan de una manera proactiva al desarrollo depende de su inserción en la sociedad. Las más vinculadas con su entorno son, sin duda, las pequeñas y medianas empresas. Las asociaciones que las representan juegan un papel clave para defender sus necesidades frente a las de las grandes firmas; también para impulsar la negociación, acuerdos para la aplicación de estándares en los que el Estado tiene un papel secundario.

La rendición corporativa de cuentas tiene implicaciones para la política. Los mayores desafíos pasan por reasumir el control social sobre los mercados y las grandes corporaciones. Promover normas y autoridades internacionales que regulen su comportamiento y fortalecer a las organizaciones que representan a la sociedad civil, y que pueden ejercer de contrapeso a sus prácticas. Porque si los Estados han de estar limitados no debería ser por las élites empresariales, sino por la ciudadanía y a través de instituciones de democracia y acción colectiva.

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